Mamá tenía un don para predecir el tiempo. Por ejemplo, la vez de la playa.
Habíamos ido, ella y yo, caminando hasta la costa, ella con una canasta, yo con la lona a rayas. Nos sentamos cerca del mar. Estaba tranquilo. Las manos de mamá estaban apoyadas contra el piso. Se le marcaban las venas y sobresalían entre los granos de arena que tenía pegados a la piel. Su cara estaba tensa. La boca se le arqueaba para abajo, quizás era un tic. Llevaba puesto un pañuelo negro en la cabeza, decía que así se protegía del sol y del viento. Que la naturaleza era impredecible.
Al rato, comenzó a hablar de papá. Lo de siempre. Que era un vago, que no servía para nada, que no sabía por qué estaba con él. Yo me mantenía en silencio, pero, a medida que hablaba, me iba enfureciendo. Lo último que le escuché decir, antes de dar su veredicto del tiempo, fue que papá era un perdedor. Después sacó una de las manos de la arena, se miró las uñas rotas y dijo: “Está oscuro, va a llover”. Yo hubiera jurado que no, si hasta podía ver algunos rayos de sol sobre el mar, pero mamá, con la seguridad de alguien que sabe lo que dice, se arregló el pañuelo y se levantó. Yo la seguí. Después, dijo algo como “qué pelotudo que es tu padre”. Y, entonces, se largó a llover.
(Este fue el cuento que quedó seleccionado en el concurso de minificción. Me tomó diez meses colgarlo aquí.)
En las clases de catequesis nos sacan al patio. A Wu porque es chino y la mamá no quiere, a Julieta porque el padre es agnóstico y marxista y a mí porque soy judío.
Cuarenta minutos al sol. Nos sentamos en triángulo; yo soy el vértice mayor, Wu está a mi izquierda y Julieta a mi derecha. Cuarenta minutos en silencio. Se escuchan las chicharras. Julieta abre y cierra las piernas tocándose rodilla con rodilla. Nos miramos cómplices.
Hace calor, calor, calor.
Wu saca las bolitas de vidrio y disimuladamente deja deslizar una que corre directo a los pies de Julieta. La bolita rebota contra el zapato acharolado. Julieta registra el choque. Wu empuja la segunda bolita. Me pega en la mano. La tomo y se la paso a Julieta.
La voz de la directora del colegio tapa el sonido de las chicharras. Wu y Julieta esconden rápidamente las bolitas en los bolsillos del uniforme. Pasa la directora. Me mira, se detiene. No dice nada. Sigue hasta desaparecer. Wu mira al piso, Julieta se agarra las manos, yo miro al cielo. Está despejado.
Nos quedamos en la misma posición. Las bolitas siguen guardadas en los bolsillos.
Sólo espero que suene el timbre del recreo y salgan mis compañeros de la clase. Pedro está adentro. Me dijo que lo bautizaron y que tiene un padrino. Sale por la puerta del aula, me cuenta que hoy la profesora les enseñó lo que era el infierno.
. Pablo, noticias. La perra se embarazó. Me lo confirmó el veterinario. Fue un accidente. Es que pensé que se le había ido el celo porque ya no sangraba más y la saqué a la plaza a pasear. Me distraje, me colgué. Ni siquiera vi el momento en que se la cogieron. Con los días empecé a notar que andaba cabizbaja, como deprimida. Primero creí que estaba triste porque te extrañaba. No es una idea tan loca, los animales extrañan a sus dueños cuando no están y a veces somatizan. De hecho la perra de mi madre tenía embarazos histéricos. Bueno, la cuestión es que está preñada. No está deprimida. No sé como lo vas a tomar. Alguna vez tenía que pasar. ¿O acaso pensabas dejarla virgen hasta el día que se muera? ¿Existen los abortos para animales? En fin. Ahora no duerme más conmigo, se mete en el armario. Entre tus zapatos y los míos y se duerme ahí toda la noche. El veterinario me dijo que eso es un comportamiento típico de perra embarazada. En una mes va a parir. No vas a estar para el parto. Un garrón porque a mi me da un poco de impresión toda la cuestión de la sangre y los líquidos. Solo y con la perra pariendo. ¿Y si le pasa algo? ¿Y si se le atora un cachorro en la mitad? Voy a tener que investigar el asunto. Bueno, decime qué pensás.