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Ya estaba angustiada en el último y sexto año de mi secundaria industrial. Durante todos esos meses, me la pasé pensando obsesivamente en qué carrera iba a seguir. Era como si el malestar de la adolescencia se me hubiese extendido un año más para torturarme: ¿Qué sigo?, ¿qué estudio?, ¿qué hago?, ¿de qué voy a vivir?. Mis compañeros de secundaria ya lo sabían; médica, arquitecto, ciencias políticas, contadora, bellas artes, profesorado de educación física, traductor.
Pensaba compulsivamente, una y otra vez, a pesar de que intuía lo que quería; escribir y seguir Letras. Sin embargo me anoté en un curso de orientación vocacional. Entre alrededor de 10 manchas, intentaba averiguar mi destino, mientras la psicóloga sostenía el test de Rorschach.
Llegó el fin del año 1996, y, efectivamente, me inscribí en Letras. Antes de comenzar el ciclo básico común me atacaron las dudas nuevamente; pero si yo quiero ser periodista, ¿no es mejor estudiar algo más general?. ¿Mm?. Bueno, entonces me cambiaré a Sociología. El CBC me resultó especialmente sencillo, asi que las horas que me sobraban las gastaba en otros estudios paralelos, respondiendo compulsivamente a mi desorientación; clases de teatro con dos reputados maestros, clases de dirección de arte, cursos de filosofía, de dibujo, de redacción, de...
Bien, así y todo, sumando las horas de trabajo de camarera, terminé el ingreso a la universidad, como correspondía. Fue cuando empecé a cursar la carrera de Sociología, que las dudas se me hicieron más agudas, más dolorosas, más persecutas. Recuerdo que el primer libro que nos dieron a leer en la carrera fue "El suicidio" de Durkheim. Cada vez que lo intentaba, me salteaba pedazos enteros de estadística, solo para ir directo a los casos puntuales; relatos de suicidios. De a poco me empecé a deprimir, con el correr de las clases y los meses, se me hacía cada vez más difícil salir de la casa de mis padres. Silenciosamente, porque había dejado de hablar, dejé de asistir a la facultad. Me encerraba durante todo el día en mi cama, pensando. No podía dormir, no podía salir. Abandoné a las pocas semanas. Me quedaba por delante un cuatrimestre de hacer absolutamente nada; no trabajar, no estudiar, no salir, no hablar, no, no, no.
En esos meses de encierro, pensaba en la carrera, en la carreras de mis amigas, en como yo iba quedando atrás en la carrera, en como había perdido el impulso de avanzar, en como no tenía la menor idea de qué hacer con mi vida. Me encontraba parada, frenada. Un día, con el poco resto de voluntad que quedaba en mí, me obligué a ir a una oficina de la UBA, y tomar un largo listado de todas las carreras existentes. Recorriendo la lista me pregunté: ¿Cuál es la carrera más frívola de todas?. ¿Qué cosa puede darme otra identidad y borrarme la que tengo?. ¿Cuál me parece una gran mierda?. Elegí la que me producía más rechazo y verguenza; Diseño gráfico. Imaginé un montón de rubiecitas teñidas tontas haciendo la cola en la fotocopiadora, me imaginé trabajando en una agencia de publicidad, me imaginé recortando papel glacé. Me producía una sensación horrible, y a la vez alivio; bueno, pasaré el resto de mi vida con la plasticola haciendo dibujitos, pero seguro que no voy a volver a sentir angustia existencial. En mis cabales hubiese sido lo último que hubiese elegido.
Metí las materias que me faltaban para completar ese ingreso, e ingresé a la Facultad de Arquitectura, Diseño y Urbanismo. Concurría a mi pesar, sintiendo asco por todo, mirando de arriba a mis compañeros, mofandome de cuanto sabía yo y ellos no. Pero Diseño me ganó. Me enamoró. Cursé duro y parejo todas las materias anuales y proyectuales, más las cuatrimestrales y teóricas. De pronto me encontré inmersa en un montón de entregas, que pasaba feliz y nocturnamente haciendo, mientras escuchaba música en la soledad de mi habitación. Cada entrega era un desafío al que yo respondía con miles de dibujos, fotos, recortes, textos, collage, ideas. Cada entrega me llevó por lugares que aún no había recorrido en la ciudad, revisé los saldos de revistas porno en Av. Corrientes, para juntar material para un trabajo, me fui al puerto a sacar fotos caminándome La Boca entera y con esas fotos rediseñé una hipotética tapa para Reincidentes, viajé a Chascomús y tomé fotos del club de paleta, saqué más fotos en un sex-shop, hice pequeñas entrevistas a mis vecinos para una exposición en una galería...
No sólo terminé la carrera si no que también, posteriormente, me hice docente en la cátedra que cambió mi rumbo. Durante tres años tuve a cargo grupo, en el nivel I de diseño, recibiendo a muchatitos de 18 años. Me entregué. Me apasionaba tanto que los docentes del piso de arriba bajaban a pedirme por favor que baje la voz porque no podían dar su clase. Recuerdo la teórica a la que vino a participar Daniel Melero, luego de que habíamos lanzado el TP de música. Habló toda la clase de las hormigas africanas.
Quedó claro para mí, en ese entonces, que cualquier carrera netamente teórica, surtía efectos contraproducentes. Recibir tanta información y no poder transformarla y expulsarla en forma de algo tangible, me angustiaba terriblemente. Necesitaba frenar mi compulsión mental compulsivamente haciendo dibujos. Sacando fotos. Sacando entregas. Expulsando collage. Necesitaba usar las manos y ver el resultado. Tocar. Concretar. Afuera de mi. Con las manos.
Ahora vivo de ésto. Como de ésto. Trabajo de ésto. Puse el estudio. Todos los caminos conducen a Roma, y yo volví a los libros; me dedico a diseñar libros.
Hace tres días le conté ésta historia a Rodrigo. Al concluir mi relato, Rodrigo me dijo:
-Serendipiti.
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