domingo, 18 de febrero de 2007

Orientación vocacional

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Ya estaba angustiada en el último y sexto año de mi secundaria industrial. Durante todos esos meses, me la pasé pensando obsesivamente en qué carrera iba a seguir. Era como si el malestar de la adolescencia se me hubiese extendido un año más para torturarme: ¿Qué sigo?, ¿qué estudio?, ¿qué hago?, ¿de qué voy a vivir?. Mis compañeros de secundaria ya lo sabían; médica, arquitecto, ciencias políticas, contadora, bellas artes, profesorado de educación física, traductor.
Pensaba compulsivamente, una y otra vez, a pesar de que intuía lo que quería; escribir y seguir Letras. Sin embargo me anoté en un curso de orientación vocacional. Entre alrededor de 10 manchas, intentaba averiguar mi destino, mientras la psicóloga sostenía el test de Rorschach.
Llegó el fin del año 1996, y, efectivamente, me inscribí en Letras. Antes de comenzar el ciclo básico común me atacaron las dudas nuevamente; pero si yo quiero ser periodista, ¿no es mejor estudiar algo más general?. ¿Mm?. Bueno, entonces me cambiaré a Sociología. El CBC me resultó especialmente sencillo, asi que las horas que me sobraban las gastaba en otros estudios paralelos, respondiendo compulsivamente a mi desorientación; clases de teatro con dos reputados maestros, clases de dirección de arte, cursos de filosofía, de dibujo, de redacción, de...
Bien, así y todo, sumando las horas de trabajo de camarera, terminé el ingreso a la universidad, como correspondía. Fue cuando empecé a cursar la carrera de Sociología, que las dudas se me hicieron más agudas, más dolorosas, más persecutas. Recuerdo que el primer libro que nos dieron a leer en la carrera fue "El suicidio" de Durkheim. Cada vez que lo intentaba, me salteaba pedazos enteros de estadística, solo para ir directo a los casos puntuales; relatos de suicidios. De a poco me empecé a deprimir, con el correr de las clases y los meses, se me hacía cada vez más difícil salir de la casa de mis padres. Silenciosamente, porque había dejado de hablar, dejé de asistir a la facultad. Me encerraba durante todo el día en mi cama, pensando. No podía dormir, no podía salir. Abandoné a las pocas semanas. Me quedaba por delante un cuatrimestre de hacer absolutamente nada; no trabajar, no estudiar, no salir, no hablar, no, no, no.
En esos meses de encierro, pensaba en la carrera, en la carreras de mis amigas, en como yo iba quedando atrás en la carrera, en como había perdido el impulso de avanzar, en como no tenía la menor idea de qué hacer con mi vida. Me encontraba parada, frenada. Un día, con el poco resto de voluntad que quedaba en mí, me obligué a ir a una oficina de la UBA, y tomar un largo listado de todas las carreras existentes. Recorriendo la lista me pregunté: ¿Cuál es la carrera más frívola de todas?. ¿Qué cosa puede darme otra identidad y borrarme la que tengo?. ¿Cuál me parece una gran mierda?. Elegí la que me producía más rechazo y verguenza; Diseño gráfico. Imaginé un montón de rubiecitas teñidas tontas haciendo la cola en la fotocopiadora, me imaginé trabajando en una agencia de publicidad, me imaginé recortando papel glacé. Me producía una sensación horrible, y a la vez alivio; bueno, pasaré el resto de mi vida con la plasticola haciendo dibujitos, pero seguro que no voy a volver a sentir angustia existencial. En mis cabales hubiese sido lo último que hubiese elegido.
Metí las materias que me faltaban para completar ese ingreso, e ingresé a la Facultad de Arquitectura, Diseño y Urbanismo. Concurría a mi pesar, sintiendo asco por todo, mirando de arriba a mis compañeros, mofandome de cuanto sabía yo y ellos no. Pero Diseño me ganó. Me enamoró. Cursé duro y parejo todas las materias anuales y proyectuales, más las cuatrimestrales y teóricas. De pronto me encontré inmersa en un montón de entregas, que pasaba feliz y nocturnamente haciendo, mientras escuchaba música en la soledad de mi habitación. Cada entrega era un desafío al que yo respondía con miles de dibujos, fotos, recortes, textos, collage, ideas. Cada entrega me llevó por lugares que aún no había recorrido en la ciudad, revisé los saldos de revistas porno en Av. Corrientes, para juntar material para un trabajo, me fui al puerto a sacar fotos caminándome La Boca entera y con esas fotos rediseñé una hipotética tapa para Reincidentes, viajé a Chascomús y tomé fotos del club de paleta, saqué más fotos en un sex-shop, hice pequeñas entrevistas a mis vecinos para una exposición en una galería...
No sólo terminé la carrera si no que también, posteriormente, me hice docente en la cátedra que cambió mi rumbo. Durante tres años tuve a cargo grupo, en el nivel I de diseño, recibiendo a muchatitos de 18 años. Me entregué. Me apasionaba tanto que los docentes del piso de arriba bajaban a pedirme por favor que baje la voz porque no podían dar su clase. Recuerdo la teórica a la que vino a participar Daniel Melero, luego de que habíamos lanzado el TP de música. Habló toda la clase de las hormigas africanas.
Quedó claro para mí, en ese entonces, que cualquier carrera netamente teórica, surtía efectos contraproducentes. Recibir tanta información y no poder transformarla y expulsarla en forma de algo tangible, me angustiaba terriblemente. Necesitaba frenar mi compulsión mental compulsivamente haciendo dibujos. Sacando fotos. Sacando entregas. Expulsando collage. Necesitaba usar las manos y ver el resultado. Tocar. Concretar. Afuera de mi. Con las manos.
Ahora vivo de ésto. Como de ésto. Trabajo de ésto. Puse el estudio. Todos los caminos conducen a Roma, y yo volví a los libros; me dedico a diseñar libros.

Hace tres días le conté ésta historia a Rodrigo. Al concluir mi relato, Rodrigo me dijo:

-Serendipiti.

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7 comentarios:

Simpática y puntual dijo...

"Bueno, evidentemente los comentadores prefieren textos donde abunden impotencia, pijas chicas, drogas y travestis. Tendré que deberme a mi público".

Dijo Martin Ludwig en los comentarios de su último post.

Bien, sospecho lo mismo. Tuve un diálogo similar con alguien sobre el asunto, y además dí cuenta de lo mismo en el blog Mate Tuerto y en el de Charlotte
Los post que contienen pija, concha, sexo, ex novios/as, drogas, etcéteras son los que rankean en cantidad de comentarios. Y para sorpresa de algunos, me incluyo, los escritos con sudor, o bien escritos, o reflexivos o que no narran ninguna de éstas cosas son casi no comentados.

Bien, aprovecho y les adelanto que se viene el post de mi último fin de semana que se entitulará Amor a la Mejicana o Travesti, todavia no me decido.
Recomiendo hacer éste truquillo de marketing blogil.

La otra que se me ocurrió es autocomentarme como anónima escribiendome lo que me gustaria que me digan.

Matías Pailos dijo...

Le digo lo mismo que le dije a Ludwig: no se queje. Sí: a mí me gusta más el morbo. Sí: a usted le gusta más el morbo. O no, pero: al público sí. Quejarse del gusto ajeno no es muy elegante. Tampoco reconvenir con el índice extendido, que exactamente lo que estoy haciendo ahora.
Una anécdota: un amigo, hoy escritor, estaba entre Biología y Comunicación. Estábamos en la fila para anotarnos al C.B.C. y se me ocurre soltar un '¡dejate de joder, anotate en Comunicación, ¿querés?!'. La más certera orden que di en mi vida.
La felicito, pero déjeme saltar por las carreras puramente teóricas. Lo que uno hace en ellas (en Filosofía, por caso -mi caso) con lo leído también es volcarlo al exterior: papers, ponencias, artículos para libros, reseñas, tesis. Todas cosas que se hacen con palabras.

Simpática y puntual dijo...

Pero Ud. es un muchacho sensible!, Bah, que obviedad la mía.
Dos cosas. No es que me quejo del gusto del público (en muchisimas ocasiones también prefiero el morbo), es más bien otra la sensación, que estoy segura que conoce. (Che ahora quiero tutear, aviso que se me mezcla el Ud. y el vos), ¿viste cuando uno se rompe el alma y produce algo, lo que sea, y va contento y se lo muestra a otros, y nadie te da pelota?. Como los nenes chiquitos que hacen un dibujito y los padres ni lo miran... o como cuando uno va y le cuenta LA historia a un amigo, y el guacho ni se mosquea, y uno le dice, pero decime algooooo.
Bueno, a esa sensación me refiero.
Lo otro es lo siguiente, y estoy segura de que Ud también lo conoce. Ya sé que en las carreras teóricas se produce, y mucho. Yo me refiero a la producción objetual y que apela a los sentidos. No es lo mismo producir (y esto no es una valoración de que es mejor) palabras que imágenes, sonidos, gustos. En el sentido de que ya se que toda la producción visual está mediada por la palabra (todo el universo está mediado por el lenguaje), pero por más que uno escriba una novela y la imprima en papel, la novela, lo escrito son palabras. Y por más que uno diga de forma poética, recorto palabras, pego palabras, coloreo palabras, hago fotos con mis palabras, no es lo mismo sentarse a dibujar o a esculpir. En el sentido de que al escribir, por más que saco afuera cuando lo hago, no lo puedo tocar. ¿Se entiende?.
Es una conversación larga esta, pero no sé si es claro a lo que me refiero.
Aprovecho y pregunto, quiero cursar alguna materia de teoria literaria... seguro que Ud me puede recomendar que y donde...

Matías Pailos dijo...

Sí, conozco la sensación. Lo otro no se lo concedo. Piense en un músico. ¿Dónde está lo que produce? ¿Dónde lo tangible del sonido? Lo sé: el sonido es una alteración de la materia, un cedé es palpable y contundente. Pero creo que comprende mi punto. Puesto de otra manera: entiendo su punto, pero lo que tiene de (más universal) es la necesidad de producción o acción o manifestación o expresión personal. Qué formas adopta(n) ella(s) varía con las personas.

Simpática y puntual dijo...

Entiendo su punto, entiende mi punto. No sólo a cachetazos nos entendemos, ve?, también con palabras.

candelaria dijo...

la verdad es que ha llegado a mí tu blog, y éste texto en un muy buen momento... estoy con rumbo perdido, y tu emoción y tu pasión me han inspirado y motivado.

Rogelio dijo...

Los comentarios son un mundo aparte, siempre me distraen de lo que yo mismo vengo a comentar, pero casualmente Cande me hace retomar el hilo: hace bien leerte, loca.